yogui

Esta foto es de Puskhar, también en el Rajastán

Después de un mes y pico viajando por la India, por fin iba a hacer un trayecto cumpliendo con las previsiones horarias. Había salido de Udaipur, en el Rajastán, a las 7 de la tarde y, ya de día, habíamos entrado en el Estado cuya capital es Bombay, Maharashtra.
Tumbado en mi cómoda litera, prácticamente no me había enterado del viaje y había conseguido dormir casi toda la noche. ¡Increíble! ¡Íbamos a llegar a la hora! (O tal vez no, ¿por qué me decía a mí mismo: “ojo, que todavía no hemos llegado, Rafa, en India nunca sabes…!).
Estaba saliendo el sol y creo recordar que atravesamos un túnel que nos llevaba desde el estado de Gujarat, de mayoría musulmana, al estado de Maharashtra, y los amigos indios que había hecho en la salida me comentaron que estábamos cerca de llegar: tan sólo unos kilómetros. De pronto, la carretera cambió, había más baches y luego me enteré de que la autopista había desaparecido y sólo había un carril de entrada y otro de salida. ¿Os lo podéis creer? ¡El acceso a una ciudad de 20 millones de habitantes desde el estado con más industria del país -con el tráfico rodado que ello implica- sólo tiene un carril!
Bueno, pues el autobús se detuvo. Nada, tranquilo, me coloco el MP3, me vuelvo a tumbar y en un ratito, estamos ahí: ¡al fin y al cabo sólo quedan 15 o 20 kilómetros!
Me dio tiempo a escuchar casi todas las canciones guardadas y todavía seguíamos en el mismo sitio. Habría pasado… cerca de dos horas.
Los indios comenzaban a salir del autobús entre el calor tropical que, a eso de las 9 de la mañana, ya empezaba a pegar. Fue ahí cuando bajé de mi litera y me asomé a ver qué pasaba. Era el único occidental que se veía entre tantos indios.
A ver cómo os lo cuento. Un atasco es un atasco en España, en India o en Argentina: básicamente, desde donde estás parado sólo ves coches y más coches, en uno y otro sentido, pero aquello era… La gente se sacaba el té y empezaba a cocinar en la carretera. Se iban a cagar a los matorrales y casi que estaban de picnic.


Entonces es cuando mi estómago empezó a revolverse.
Claro, uno no quiere quedar como un “cortarrollos” y un agonías en un país extraño, pero más de dos horas después de que nos quedáramos parados ¡a 15 kilómetros del destino!, en tierra extraña, uno no sabe si eso allí es normal o no, así que les pregunté a los chicos que había conocido en Udaipur y me tranquilizaron diciéndome que se arreglaría en un rato.
Poniendo la oreja aquí y allí, me enteré de que el día anterior se había celebrado una fiesta musulmana y habían llegado 1.500 autobuses procedentes de la vecina Gujarat, y un total de medio o un millón de personas (no lo recuerdo bien): en India todo es a lo bestia, en masa.
¡Tócate los cojones! El día que se me ocurre llegar a Bombay, se regresa esa masa de gente.
Ahí es cuando la mente de uno, con los patrones de su tierra, se pone a dar órdenes: “ya podrían haber colocado dos carriles de salida”, “ya podría haber unos guardias ordenando este caos”, “coño, sacan un helicóptero, vigilan el tráfico y utilizan el arcén, o paran el tráfico de un sentido, y después…”

Pero allí, de policía nada, nada de nada, y de helicópteros…
Para más inri, me entero de que están de obras. ¡Sabiendo que se monta ese pitote se les ocurre hacer unas obras! ¡Estos indios!
Pasa un minuto, otro minuto, media hora, una hora, otra, otra, parados, parados, parados. Nos movemos veinte metros, se despierta mi esperanza y alegría, y nos volvemos a parar.
Entonces es cuando se pone a prueba 15 años de yoga matutino y meditación: entonces es cuando la India te pone a prueba y te reta a ver si vas a superarlo.
Entonces es cuando la mente está a punto de llegar al límite y ponerte a gritar, y a llorar; sí, a llorar: (“cuándo acabará esta tortura?”. “¡Los atascos no pueden durar más de una hora! ¡Eso es cosa del pasado, no del siglo XXI, todo el mundo lo sabe!).
A punto de caer en la depresión, me atrevo a preguntarle a mis amigos si esto allí es normal y me cuentan que alguna vez (pocas) han llegado a estar UN DÍA PARADOS EN UN ATASCO.
Como si me pegaran en la cabeza con un bate de béisbol.
A esas alturas ya he perdido la noción del tiempo y pareciera que lleváramos toda la vida allí, pero puede que sólo fueran 4 horas. 4 horas intentando dominar tu mente.
Entonces fue cuando me di por vencido. Dejé de luchar.
Me di cuenta de que todo estaba sucediendo en mi mente, que se fracturaba entre mi yo y la proyección en el futuro del que quería saber qué iba a pasar. Me acordé de algo que leí o escuché alguna vez, puede que a Osho: cuando estás sufriendo de verdad, métete en el sufrimiento, como si no experimentaras otra cosa, no dividas tu mente, porque en la división está el sufrimiento. Experimenta el dolor con toda su intensidad y, allí, en ese espacio, desaparecerá.
Y así fue.
Me dejé vencer y me relajé. Al fin y al cabo, nadie me esperaba en Bombay ni tenía mayor plan que ir a Goa, pero tampoco me esperaba nadie allí, así pues, estaba en un autocar, seguro, era parte de un grupo, vale, no tenía comida ni forma de conseguirla pero ¡qué importaba si no comía en un día! No me iba morir por ello. Lo que tenía claro es que abandonaba la idea de viajar a otros lugares distantes y me iría directito a la playa de Goa, a descansar: “no sé cuándo pero algún día llegaría”.
Mucho, mucho tiempo después, el autobús comenzó a moverse.
Bajamos una colina y, a lo lejos, divisamos la urbe de Bombay. A eso de las 13 horas llegamos a la meta; habíamos estado como 7 horas parados.
Las vicisitudes allí son otra historia; si recuerdo esta historia en estos momentos planetarios es porque actualmente estamos como yo en aquel viaje a Bombay. Hemos hecho el viaje y estamos a unos pocos kilómetros de la meta: la sentimos ahí cerca, pero estamos parados en el atasco.
Seguro que muchos de los que estáis leyendo este artículo (particularmente en España) estáis sufriendo con la incertidumbre y el miedo actual “¿qué pasará con mi vida, con la comida, con el piso, podré irme de casa, me casaré, podré tener hijos?”. “¿Cuánto tiempo se alargará este atasco que parece no tener fin?”
No sólo es que sufra por vosotros sino por mi propia incertidumbre (que a veces me hace perder los nervios, como a todo el mundo) ante las estrecheces económicas y, lamentablemente, lo único que os puedo ofrecer es mi experiencia en aquel “yóguico autobús”.
Curiosamente, mientras estaba viviendo aquella batalla con mi mente, le preguntaba a Dios qué significado tenía ese sinsentidoen un país tan “espiritual como la India” y “mi Yo del futuro” me contestaba que algún día agradecería haber tenido esa experiencia porque me “curtiría” para lo que vendría.
Puede que hoy, con este artículo, aquella batalla con mi mente cobre todo el sentido.
Si estás sufriendo intensamente por cualquier razón, olvídate del factor tiempo y vive por unos minutos tu sufrimiento sin esperanza hasta que te rindas y, por fin, te quedes en paz.
Todo viene y todo pasa. Es la Naturaleza de las cosas.
Este atasco Planetario del final del viaje pasará y llegaremos a Goa. Todos juntos.

Es mejor que nos olvidemos de la ansiedad por llegar. Sabemos que llegaremos, y eso es suficiente. En el ahora no existe la angustia: es la proyección de la mente en el futuro la que genera el estrés.