Los secretos de las artes marciales

Bruce Lee, Kung Fu, Lin Chun, Tigre y Dragón, Los Siete Samurais… El mundo audiviovisual nos ha legado leyendas del artes marciales. El enigma sobre la veracidad de muchas de esas proezas ha comenzado a desvelarse con el conocimiento de la existencia de sectas secretas niponas.

             Popularizadas en Occidente a finales del siglo XX, las artes marciales modernas tampoco son mucho más antiguas: el judo, el karate o el aikido surgieron en Japón en el propio siglo XX. Heredaban y sintetizaban, eso sí, distintos artes de combate comunes a toda la cultura Oriental, cuyo origen nos desvela su verdadera esencia.

            La historia de los diversos artes de combate, conocidos en Japón por el nombre genérico de “Budo”, está ligada a la filosofía y la religión de esa zona del planeta, pues fueron monjes quienes las crearon. No es extraño, por tanto, que la ruta India-China-Japón sea común para la introducción del budismo y de las artes marciales en todo el Extremo Oriente. Los preceptos fundamentales del karate, por ejemplo, habrían sido introducidos en China por Boddidharma (520 de nuestra era), vigésimo octavo patriarca hindú del linaje del Buda. Llegado a la ciudad de Liang, el profeta se entrevistó con el entonces emperador de China, Wu, un adepto al budismo, que abriría las puertas del estado a sus enseñanzas. Boddidharma introdujo en China una forma de meditación y una filosofía que tenía por objeto alcanzar la vacuidad donde reside el Todo, y daría lugar al Budismo Zen. Las técnicas de respiración y posturas del yoga se unieron a la filosofía del Tao para conformar los preceptos del Taichi-chuan, hoy de moda en Occidente. Ese arte marcial es la base de todas las demás artes de combate; imita la armonía de la naturaleza, tanto de los elementos naturales como de algunos animales, como la grulla o el mono, produciendo una gama de movimientos que darían lugar al Pa-Kwa y otros tipos de Kung Fu.

            Si bien el sagrado texto hindú del Ramayana revela la existencia de artes de combate orientales, como el kalari-payact, hace más de diez mil años, la llegada de Boddhidharma a China significó un antes y un después. Aunque su esencia sea la búsqueda de la Verdad a través de la compasión, las enseñanzas budistas no descartaban la autodefensa pues, como veremos, al lado del Buda de la compasión también existió un Buda “enfadado”. De ahí que, para los monjes, no existiera contradicción alguna en que Boddidharma dejara escritos en un pergamino los preceptos básicos del “arte de las percusiones”, ancestro del taichi. “Una gran parte de las técnicas de combate tenía como origen gestos mágicos de protección contra demonios y espíritus de la Naturaleza; los conocidos como mudras”, relatan Michel Coquet y Carmelo Ríos en la fundamental obra “Budo secreto”. Ejecutados con la máxima concentración, estos mudras eran capaces de activar, como veremos, las glándulas de nuestro organismo. Al pasar el tiempo, irían depurándose hasta convertirse en katas o movimientos rítmicos básicos para el aprendizaje de disciplinas como el karate. De la fusión de estas técnicas con los conocimientos de la medicina china (heredera de la India) sobre los canales energéticos del cuerpo humano (nadis), se obtendrían muchas de las hazañas que hemos visto en las películas y que los grandes maestros todavía realizan (Ver vídeos). En un estado de máxima concentración, caracterizado por la ausencia de pensamientos, el Maestro es capaz de conectarse con el Todo, anticipando los movimientos de sus adversarios. Conociendo el lugar exacto de los centros vitales, puede desembarazarse de varios rivales en apenas unos segundos por medio de meteóricos y precisos movimientos. Por ejemplo, entre la quinta y la sexta vértebra dorsales, se encuentra el punto kassatsu: que produce bloqueo respiratorio y la pérdida del conocimiento.

            El templo chino donde vivió Boddhidarma, Shaolín, se convertiría en una factoría de monjes guerreros, con un código moral intachable. Necesitados de armas con las que defenderse en un mundo en el que, como muestran las películas, los bandidos eran habituales, desarrollaron un sistema en el que se fusionaban el control mental y las proezas físicas. Guiados de una suprema concentración, eran capaces de afrontar cualquier peligro. Ellos fueron quienes extendieron los preceptos de las artes marciales a Corea y Japón, al tiempo, por supuesto, que la doctrina budista. Aún hoy, los monjes Shaolín siguen sorprendiendo al público con sus proezas gimnásticas, con las que recorren el mundo.

             El sendero del bushido

            Al igual que hicieran con el budismo Zen, heredado de China (Chan) y, anteriormente, de la India, las islas de Ryu-Kyu (Japón) realizarían una síntesis de estos nuevos conocimentos con su acerbo cultural para crear buena parte de las que hoy conocemos como artes marciales. Curiosamente, el detonante fue una medida pacifista del rey Hashi, de la dinastía de Okinawa. En el siglo XV de nuestra era, tras haber conseguido unificar bajo su mando las tres mayores islas niponas, prohibió llevar todo tipo de armas en aras del mantenimiento del orden y la paz. Ello sería el origen del nacimiento, por un lado, de una serie de técnicas de lucha con objetos de la vida cotidiana como palos, guadañas, cadenas, o aperos de labranza (quizás alguno recuerde los temibles nunchakos, que lo más malos de su barrio decían usar). Por otro lado, maestros como Ankoh Itosu o Kanryo Higa-Shiona crearían en sus escuelas el arte de combate de las manos desnudas, antecesor directo del actual karate, al que se añadiría un “sendero de la maestría del ser, en el sentido espiritual”, el código ético del guerrero, o Do. Aún hoy, la mayoría de las artes marciales acaban en esa sílaba. Karatedo (arte del vacío, sin armas) Kyudo (arte del arco), Jodo (arte del bastón), el Kendo (arte con espada de madera). Aiki-do (armonía con el universo).

            La vía del guerrero o “Bushido” convertiría a los antiguos samurais en los caballeros andantes que la leyenda ha dejado. Su código ético (Do) contenía cientos de reglas que contemplaban toda la vida del guerrero zen y le hacían recibir de igual grado tanto la victoria como a la derrota: ello sería la base, como veremos, de su éxito. Sin embargo, al pasar el tiempo, y como muestra la película “Los siete samurais” muchos de ellos se convertirían en meros mercenarios. En 1875, los samurais perdieron todos sus derechos, pasando sus artes a los “dojos” o escuelas, convirtiéndose en una “lucha contra las propias debilidades”. Los mejores maestros del siglo XX fueron reuniendo los diferentes saberes de lucha, con y sin armas, para crear las actuales artes marciales: de esta forma, el budo dejó de ser patrimonio de los samurais.

            Las temibles “yakuzas” o mafias japonesas serían una reminiscencia de la degeneración de los samurais, al igual que los célebres “kamikazes”, pilotos suicidas japoneses que se hicieron famosos en la Segunda Guerra Mundial.

             Artes secretas

            Al igual que en Europa surgían órdenes secretas como los masones y rosacruces, el Japón medieval albergó sociedades esotéricas ocultas a los profanos, nacidas de la síntesis del viejo shintoísmo (la religión ancestral nipona), el budismo esotérico mahayana (Mikkyo) y el chamanismo (Shuguendo). Las montañas del Japón albergaban docenas de templos, guardados por poderosas organizaciones, constituidas de laicos y sacerdotes. La más influyente de estas sectas de la edad media fueron los Yamabushi, que bebían de los conocimientos paranormales desarrollados por ascetas y ermitaños: el sendero del Shuguendo. Los Yamabushi influirían enormemente en los Ninjas, la temible secta de espías medievales. Entrenados desde niños, pues era una tradición hereditaria, los ninjas eran capaces de realizar proezas similares a las que hemos visto en algunas películas, como escalar muros sin aristas, entrar en fortalezas sin ser vistos y desembarazarse de rivales. Conocían el arte de romper y dislocar huesos, la hipnosis y el uso de artilugios como el shuriken, proyectil en forma de estrella, de efectos devastadores.

 La escuela Shoguendo

            Alejado de las pacifistas enseñanzas del Maestro Kukai, los Yamabushi se apropiarían de la tendencia “Shoguendo”. De su fundador, un ermitaño llamado En-No-Gyoja, también conocido como “el practicante austero”, se dice que era capaz de caminar sobre el agua y de estar en dos lugares al mismo tiempo. Según relatan Coquet y Ríos, esta última técnica, llamada “transferencia de conciencia”, era ya conocida en el Tíbet, y consistía en que la conciencia se exterioriza en un lugar diferente al cuerpo físico. Cuentan las crónicas que los adeptos que deseaban entrar en esta secta eran –literalmente– estrangulados por el maestro: “cuando se suponía que el iniciado había tenido su experiencia (la visión de una deidad o el encuentro con su guía espiritual), el iniciador lo reanimaba por un método denominado Kwappo”. Las prácticas chamánicas, que aprenderían también los guerreros ninjas, incluían el trabajo con sonidos, que ayudan a despertar los centros psíquicos de nuestro organismo. Para los japoneses, como en todas las tradiciones chamánicas, estos poderes residen en las glándulas endocrinas y están ligadas al sistema parasimpático. Las glándulas pineal y pituitaria desarrollan “el tercer ojo” (mente clara), y el trabajo sobre la glándula tiroides desarrolla el centro de la garganta. Los adeptos del “Shoguendo” debían dominar una técnica de visualización llamada Dojitsu-Sempo; con la vista fija en una simple piedra, debían imaginar que se enfrentaban a animales feroces: “la lucha imaginaria era tan real que debía provocar alteraciones cardiacas, sudor y fatiga”. Esta capacidad para producir sudor por el poder de la mente sería la base para poder, por ejemplo, desatarse, en caso de ser capturados.

Con objeto de hacer conscientes los actos reflejos y desarrollar sus cualidades parapsicológicas, los iniciados en estas escuelas de las montañas debían introducirse debajo de cascadas, cuya agua podía estar a temperaturas cercanas a los cinco grados. Michel Coquet, coautor de “Buda secreto”, fue el primer occidental en ser admitido en la escuela de Artes Marciales Tradicionales del Japón, Tenshin Shoden Katore Shinto Ryu. Además de bañarse en estas aguas heladas; también caminó sobre las brasas, otro de los ritos obligados, común a muchas otras tradiciones.

             El secreto del budo

            Todas las artes marciales beben del budismo esotérico Mikkyo llevado por el maestro Kukai a Japón desde China. Cada uno de ellas son senderos para la realización de un mismo pensamiento: llevar al practicante “a lo alto de la montaña”, al perfecto control de sí mismo. Si bien el uso del arco, la katana, el palo de madera o las extremidades desnudas implican una serie de obvias diferencias técnicas, el control necesario para realizar todos esos actos son comunes. Todas las artes marciales tratan de extender el nivel de consciencia hasta lo que conocemos como subconsciente mediante la repetición de una serie de movimientos o katas. El Maestro tal y como lo entienden los puristas no sólo es aquel que es capaz de dominar una técnica sino quien llega a anticipar los movimientos del adversario. Para ello, el practicante deberá haber llegado a detener los pensamientos de temor y ansiedad, de forma que la mente esté serena y pura: “las vibraciones agresivas concebidas mentalmente por el atacante, pueden ser percibidas por el cuerpo mental del atacado”, se lee en el “Budo secreto”. Ahí reside gran parte del secreto de los mejores Maestros habidos en Japón, hombres que dieron lugar a diferentes escuelas que desembocarían en las actuales artes marciales.

             Un grito que rompe ladrillos

Ninguno de los tópicos de las artes marciales es caprichoso. El grito (Kiai), tan conocido de los karatekas cuando rompen tablas y ladrillos, representa la unión de las energías del ki, “la energía universal positiva y solar que impregna todas las cosas”. Para ser eficaz, ha de nacer del vientre, donde se funden las energías del cielo y de la tierra. El Maestro es pues, aquel que conoce el punto de equilibrio entre las energías Yang (asociadas al sistema nervioso Parasimpático) y las Yin (asociadas al sistema nervioso espinal). Las primeras regirían, según esta tradición, los actos inconscientes y las segundas, los voluntarios. Ese punto de encuentro entre las energías de la tierra y del cielo se encuentra unos dedos por debajo del ombligo, en lo que los japoneses llaman Hara, los chinos Tantien y para los hindúes es el tercer chakra. De ahí que el suicidio ritual de los samurais, hara-kiri, se realizara desde ese punto concreto. Todavía hoy, algunas sectas niponas lo siguen practicando.

Pensamiento, palabra y acción son la base de un excepcional desempeño en las artes marciales. Siglos antes de que la psicología deportiva occidental descubriera que el secreto de un buen salto está en la visualización de una correcta ejecución y la repetición de palabras positivas, los maestros del budo meditaban sobre un mandala con nueve budas, símbolo de las nueve cualidades que debían cultivar. La repetición de mantras y el sonido ritual kiai hacía aflorar el equilibrio necesario para la realización correcta de la acción. El arquero, por ejemplo, visualiza que la diana será el centro del mandala, llegando incluso a “convertirse” en la flecha que, al encontrarse con la diana, despliega el sonido “Aum”, el universo que vibra en su interior. Alrededor del arco y la flecha se funda toda una filosofía y un ritual que los buenos arqueros conocían y realizaban. “Con la punta de la flecha que reemplaza al cetro, el practicante trazará hacia los cuatro rincones cardinales la famosa parrilla del Kongo-Kai mandala, símbolo del mundo espiritual, que se compone de nueve departamentos, o nueve grados hacia la última realidad. No es sino después de este rito de exorcismo y de purificación que podrá iniciarse la ceremonia sagrada del Tiro con Arco, en honor de Kami (divinidad)”. Detrás de todo ello, hay un agudo conocimiento de la psicología humana: “cuando el arquero se dispone a tirar, la mirada, en ese momento ya inútil, se posará tranquilamente sobre la diana; entonce, el silencio del Ser Interior reinará como único soberano… El hombre es vulnerable, su subconsciente no lo es: no estemos sorprendidos de que la flecha del Maestro alcance siempre el centro, incluso con los ojos cerrados o en la más oscura noche; cada tiro es únicamente dirigido por el subconsciente”, se afirma en Budo Secreto (Ediciones Obelisco). Todo ello se rodea de un ritual, que tiene como fin la concentración en su centro vital: antes de la ejecución, los grandes maestros realizan cuatro tiros imaginarios para saludar a los cuatro puntos cardinales y después purifican la atmósfera con la punta de la flecha, que representa la Unidad del Universo. La influencia hindú es notoria si reflejamos un antiguo texto de los Upanishad: “La sílaba OM es el arco; el alma (ser) es la flecha, el Brahma (la divinidad en el ser) es la diana. Es preciso llegar sin distraerse. Es preciso parecerse a la flecha”.

                        La espada de la luz y las tinieblas

            El arte de la katana, la espada japonesa, ha sido tristemente célebre en España hace tres años por el asesinato de una familia a manos del hijo adolescente de éstos. De alguna manera, ese crimen ponía de manifiesto que el sagrado conocimiento del “arte del sable” no debía estar al alcance de todos: “la katana, en manos de un ser agresivo, celoso o colérico, se convertirá en satsujin-ken, un arma letal que quita la vida. Por el contrario, un hombre de corazón puro, hará de él katsujin-ken, un sable que da la vida”, se lee en los textos de iniciación.

            Para el budismo esotérico, la espada (ken) sirve tanto para proteger al monje como a la doctrina: convirtiéndose en E-ken (espada de sabiduría), un símbolo de la iluminación. Si nos fijamos, esta doctrina es muy similar a la de los Caballeros del Rey Arturo o los Jedi de la Guerra de las Galaxias y su “espada de la luz”. No habrá de extrañarnos que, para la creación de las espadas, se siga un complejo ritual, en el que intervienen varias personas. La construcción de las katanas era una suerte de alquimia, llena de plegarias y oraciones, pues se suponía que tomaría las cualidades y defectos de su constructor; del gran Maestro Masamune se decía que sus espadas aportaban suerte en el combate, mientras que las de “Senzo Muramasa, hombre respetable pero violento, precipitaban a sus propietarios al crimen y a la muerte”. Desde la recolección del material ferruginoso, su aleación, los sucesivos baños en el frío agua de las montañas (aquellas que el maestro venera), y las sucesivas capas que tendrá la espada, todo el proceso se seguía en tiempos medievales de manera sacra (un experto ha analizado una espada medieval nipona, hayando que estaba compuesta de ¡4.194.304 láminas!). Tal era su importancia, que la espada pasaba a ser un símbolo del samurai; al igual que “Excalibur”, muchas tenían su propio nombre. De la destreza de los artesanos da fe la existencia, según las crónicas, de espadas capaces de cortar el cañón de un fusil o de abrir en dos el casco de un samurai.

            La espada es el atributo de Fudo-Myo-O, una divinidad esotérica del Shingon, cuya representación es un Buda cabreado. Vendría ser la otra cara del Buda, la que otorga la fuerza al samurai en la pelea por la Verdad Suprema. Tanto era así, que algunos de los guerreros grababan sobre las hojas de sus sables, los nueve principios del Mandala del Diamante. Aquellos samurais que la habían consagrado a Fudo realizaban un ritual secreto de la escuela Shingon para purificarla de los demonios del miedo, la impaciencia, el dolor o la pena. En él, la mano izquierda hacía de funda, y los dedos índice y anular de la mano derecha, de sable. Tras sacar la “espada” de su funda, el samurai escribía las nueve letras sagradas en los cuatro puntos cardinales. Una vez hecho esto, regresaba la espada a su funda y, por fin, ejecutaba los nueve gestos mágicos (mudras) que le aseguraban la protección de los dioses.

            Desde el siglo XIV, el sable se convirtió en parte indispensable de la vida nipona, objeto de culto y reverencia, ligado a los samurais, que eran iniciados en esta vía desde muy pequeños. Si en la batalla, el samurai utilizaba toda su destreza en el arte de la esgrima, en la vida cotidiana, el desenfunde del arma se convirtió en una disciplina tan importante que constituyó un arte en sí mismo (al igual que en el western). La actitud del maestro es, una vez más, la del vacío Zen “cuando la razón ya no razona y todo pensamiento es puesto en silencio, se manifiesta la vacuidad”. El maestro más importante de esta escuela fue Yamoka Tesshu, que fundó la escuela del “no-sable”. Así se llega al Muga, una extraordinaria percepción interior que llega a la realidad absoluta “por la unión de cuerpo y espíritu”.        

             Recuadro 1: La escuela Katori: un arte vivo

            Según relata Michel Coquet en “Budo secreto”, la mayoría de las escuelas, no sólo occidentales, también orientales, han olvidado todos estos conocimientos secretos. Se limitan a enseñar una técnica más o menos depurada, otorgando danes (grados) en vitud del desempeño técnico, olvidándose del conocimiento interior, ligado a lo parapsicológico. Tan sólo en algunos remotos templos japoneses se sigue enseñando la práctica tradicional, ligada a todo el conocimiento esotérico anteriormente descrito. La escuela Katori, en la que el francés Michel Coquet tuvo el honor de ser admitido, es una de esas poquísimas excepciones. Se encuentra en un templo situado en una lejana montaña, y se dice que fue construido en el 642 antes de Cristo.

            En ella se conserva el legado de viejos samurais errantes, como Miyamoto Mushashi (1508-1578) Tsukahara Tosa no Kami y Tsukahara Bokuden. Todos ellos, como otros tantos, forman parte del linaje aún vivo que se remonta al maestro Ienao, fundador de la escuela.

             Recuadro 2: El Maestro Ueshiba: de la tradición a la modernidad

            De él se dice que es el mayor maestro que el budo haya conocido. Fundador del aikido, nació en 1883. En su azarosa vida, conoció de manos de su padre el arte de las armas, de joven practicó el sumo, más tarde sería maestro en la lucha con el sable y con las manos, el ju-jutsu. De todos ellos, llegó a ser maestro. Se integraría en el ejército japonés, en su lucha con Rusia y más tarde, con China. De aquella guerra se cuenta la siguiente anécdota. “En una ocasión, un soldado chino le apuntaba con su fusil a larga distancia: en el momento en que éste se disponía a disparar, tuvo la sorpresa de encontrar a Ueshiba detrás de él”. Sus facultades psíquicas le hicieron recibir el título de Heitai-No-Kami-Sama, “el dios de los soldados”. Pero ello no le satisfacía por completo y abandonó la vida militar para dedicarse a la contemplación. El gobierno de Japón, que quería repoblar una isla, le encomendó esa misión y allí que se fue a la isla de Hokaido, con cincuenta familias, a fundar una villa con sentido comunitario. Más tarde construyó un dojo, una escuela que se haría famosa, a la que llegaron varios maestros, entre ellos, el conocido como El último samurai (Takeda Sogaku). El fue quien le legó la sabiduría samurai.

            A los 33 años, tras la muerte de su padre, su vida dio otro giro. Conoció a un ermitaño y se introdujo en la secta O-Moyo-Kyo, que practicaba un shintoísmo esotérico. “Algunos de esos conceptos cósmicos y simbólicos serían introducidos más tarde bajo la forma de ejercicios rituales en el arte marcial que llegaría a crear”, se relata en el Budo Secreto. Inspirado por el ermitaño y esotérico Wanisaburo Deguchi, fundó después una organización para la “Hermandad del amor ilimitado”. No se le ocurrió otra cosa que irse a China con su Ejercito de la Paz; fueron detenidos por la armada china, muchos de ellos fusilados y sólo la intervención del gobierno japonés salvó a Ueshiba. Tiempo después, fundaría una sección del O-Moyo-Kyo dedicada a la preservación de las artes marciales. A los 42 años, después de un combate, se iluminó. “Tuve la sensación de que el Universo entero entraba en vibración y que una energía espiritual color de oro formaba una esfera y rodeaba mi cuerpo con un velo, lo transformaba en un cuerpo dorado. En ese instante mi cuerpo y mi espíritu se iluminaron. Comprendí entonces el lenguaje de los pájaros y tuve una clara conciencia del pensamiento de Dios, creador del Universo…”

            Tras este Satori, Ueshiba crearía el Aikido, que, más que un arte marcial, es una filosofía cósmica en acción. “No es una técnica para combatir o vencer al enemigo. Es el medio de reconciliar al mundo y reunir a los seres humanos en una familia”. En Tokyo, comenzaría a enseñarlo. Jigoro Kano, fundador del judo moderno, dijo al conocerle: “he encontrado el budo perfecto”. El Maestro Ueshiba murió en 1969.

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