Operación Gladio: El mayor secreto de Estado

Tras unas declaraciones de Giulio Andreotti de 1990, la existencia de una red europea que opera en las catacumbas de los estados pasó a ser una cuestión tratada hasta por cátedras de historia moderna. Un secreto de Estado guardado durante cuarenta años en Europa que hoy recobra actualidad por la amenaza terrorista.

El catedrático de historia moderna por la universidad de Bale (Francia), Daniele Ganser, autor del libro “Los ejércitos secretos de la OTAN,” pasa por ser el primer académico en estudiar las catacumbas de los estados, A la luz de los documentos conocidos y declaraciones de ex miembros de esos grupos, Ganser documenta la existencia de la secreta red europea Gladio desde hace cincuenta años.

Al finalizar la segunda guerra mundial, la organización de espionaje OSS (precedente de la CIA) decide crear unos grupos especiales de partisanos que operarían como guerrillas en caso de invasión comunista del oeste de Europa. Particularmente importante será este grupo en Italia, donde este partido estaba más consolidado. Ganser afirma que estos grupos especiales no solo operarán en Italia, sino en Francia, Bélgica, Holanda, Noruega, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Turquía, España, Portugal, Austria, Suiza, Grecia, Luxemburgo y Alemania. Su nombre en clave: “stay behind groups” (“grupos en la retaguardia”). En cada uno de esos países, tendrá nombres diferentes pero en todos ellos, su objetivo será el mismo: fomentar la estrategia de “tensión”.

Vincenzo Vinciguerra, miembro del grupo neofascista italiano “Nuevo Orden” y autor confeso del atentado de Peteano (1972) describe así esa estrategia: “las fuerzas de policía, los servicios secretos y los grupos políticos que hacen uso de esos servicios secretos han instrumentalizado los grupos neofascistas en su propio beneficio desde 1945-46. Una organización de extrema derecha debe atacar a los civiles y no a las fuerzas policiales y del Estado por una simple razón: forzar al Estado a un cambio de régimen, más autoritario. Ese era el papel de la derecha en Italia: alimentar la necesidad de un Estado fuerte y fomentar la estrategia de tensión. Y así, que la opinión pública aceptara, en un momento entre 1960 y mediados de los ochenta, un estado de emergencia”.

Después de la II Guerra Mundial

Los “grupos en la retaguardia” comienzan a operar pocos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial reclutando a los partisanos fascistas italianos y nazis del resto de Europa con el propósito de disponer de unas fuerzas insurgentes en caso de invasión comunista. Umberto D’Amato, ex fascista y, ya en democracia, jefe de la brigada política de los carabinieri italianos, fue el encargado de organizarlos en Italia y en Europa: “fui el creador de un comité permanente de los servicios de interior sobre estas cuestiones; el Club de Berna integra a todos los servicios secretos europeos y americanos, incluidos los suizos”, declaró ufano a la BBC 2.

A finales de los años cuarenta, los servicios secretos norteamericanos financiaron un centro de entrenamiento en una pequeña localidad de Cerdeña. El Coronel Máximo Alguero, ex jefe de los servicios de contrainteligencia, reconoció que era un“centro de adiestramiento para el sabotaje, dependiente de los servicios secretos italianos”. El General Gerardo Serravalle, comandante de Gladio (1971-74), en declaraciones a la BBC 2 de 1992, explicó: “los gladiadores que enrolábamos recibían pequeños paquetes de información: se les contaba sólo lo que necesitaban saber. Nada de sus lazos con la OTAN. Que un hombre como Vinciguerra describiera toda la organización me hace pensar en la existencia de una estructura subterránea que controlaba los depósitos de armas y de un estructura clandestina que actuaba al cubierto de la estructura oficial”. Confirmando este hecho, el jefe de Vinciguerra, Pino Rauli, trabajaba para los servicios secretos-Gladio.

El dato más inquietante es que los propios espías y jefes de Gladio, admitiendo sus conexiones con la OTAN, revelaron que no todos los primeros ministros de países como Italia, Alemania o Bélgica podrían estar enterados de la existencia de esta red, aunque sí los ministerios de Interior y elementos señalados del ejército y la policía.

Cambio de estrategia

El senador Libero Gualtieri, jefe de la comisión investigadora del congreso italiano sobre Gladio, reveló a la BBC cuándo cambió su táctica: “en 1966, la CIA se dio cuenta de que no era preciso continuar con esta estrategia de tensión, no sólo en Italia, sino en Bélgica y Alemania”. Por aquel tiempo, Serravalle llamó al jefe de la CIA en Roma, apellidado Stone, para inquirirle “por qué el abastecimiento de armas y de dinero, recogido en los acuerdos bilaterales, había cesado. Mr Stone me respondió que el financiamiento de la CIA estaba condicionado a la planificación y programación de ‘medidas internas’, algo que no estaba previsto en Gladio. Entonces, me di cuenta de que no les importaba nuestro grado de adiestramiento sino el control en operaciones internas, particularmente disturbios callejeros y el auge del Partido Comunista”.

Un documento secreto de la CIA cuya existencia admiten Licio Gelli (jefe de la logia P2) y Ray Cline (vicedirector de la CIA en los años setenta), desvelado por la BBC, puede ser el origen de esta táctica. He aquí un extracto: “en caso de indecisión de las autoridades locales en controlar la insurgencia, el gobierno norteamericano puede lanzar operaciones especiales para convencer a la población de ese peligro, penetrando la insurgencia”.

El año 1968, fecha de “la primavera de París” y del comienzo de la insurrección estudiantil y hippie a nivel mundial, marca el inicio del terrorismo de izquierda en toda Europa, incluida España (FRAP, ETA y posteriormente, GRAPO). El ex agente de la CIA, Philiph Agee, acusó a la CIA hace años de haber creado los GRAPO españoles, al igual que son muchos los rumores que apuntan a los servicios secretos americanos del atentado al almirante Carrero Blanco, delfín del dictador Franco, acaecido a pocos metros de la embajada norteamericana en Madrid.

La estrategia de tensión comenzó en Italia con el atentado de la Piazza Fontana de Milán (1969), atribuido a anarquistas pero obra, según Vinciguerra “del Ministerio del interior y de los servicios secretos, que pretendían establecer el estado de emergencia”. Durante el juicio por este atentado, se demostró que el grupo de Padua, autor del atentado, era dirigido por los servicios secretos. El periodista y agente Gladio, Guido Giannettini, confesó haberse infiltrado en organizaciones de la izquierda maoísta por orden de los coroneles Viola, Gasker y del general Maletti . Algunas de las armas empleadas fueron encontradas a la entrada de una iglesia en Tagliamonte, pero no era lo normal. El general Paolo Inzerilli (comandante de Gladio 1974-86) reconoció que guardaban sus arsenales en cuarteles de los carabinieri y del ejército.

El coronel Spiazzi, miembro de Gladio procesado en 1974 por el intento de golpe de estado de Borghese (1970), confesó ante las cámaras de la BBC 2: “me pidieron realizar una labor de seguridad callejera con individuos leales, es decir, que no fueran de derecha ni de izquierda. Durante el juicio, me vi en la tesitura de hablar ante un juez, faltando a mi secreto profesional. El general Vito Michelis, jefe de los servicios secretos, me decía durante el juicio mediante señas que no hablara, ante la complacencia del juez”. Spiazzi contó cómo fue captado, “en una ocasión, fui llamado al club de oficiales, donde me encontré con el General Nardella y allí me di cuenta de que todos los participantes en esa red eran francmasones”.Vinciguerra abunda en este dato: “después de la segunda guerra mundial, la masonería tomó el encargo de luchar contra los comunistas: muchos altos oficiales de la masonería eran masones, así como jueces y mandos de la policía”.

Gobierno comunista

En 1978 mueren en circunstancias violentas Aldo Moro y el papa Juan Pablo I. El jefe de los democristianos italianos estaba a punto de formar gobierno con los comunistas. El segundo, quería reformar la Iglesia y limpiarla de corrupción. La viuda de Aldo Moro acusó a su propio partido, la Democracia Cristiana, de haber aprobado su asesinato, al tiempo que recordaba la advertencia del todopoderoso miembro del Club Bilderberg, Comisión Trilateral, ex secretario de estado y vicepresidente del gobierno de los Estados Unidos, Henry Kissinger, a su marido: “si prosigue con su intención de formar gobierno con el Partido Comunista, le acarreará funestas consecuencias para su persona”. Por su condición de nativo alemán, Kissinger participó como espía en la segunda gran guerra. Francesco Cossiga, ex presidente de la República y de los demócratas cristianos, hizo ante las cámaras de la BBC estas escalofriantes declaraciones: “en las fila del partido todavía pesa el haber sacrificado a Moro para salvar a la República”.

Alberto Franceschini, fundador de las Brigadas Rojas y encarcelado años antes del atentado de Moro, reconoció desconocer “que su organización tuviera capacidad militar suficiente para realizar ese secuestro en pleno centro de Roma”. El coronel de la CIA, Oswald Winter, confesó a la BBC que tanto las Brigadas Rojas como los Baader Meinhoff alemanes habían sido infiltradas en aquella época: “los terroristas italianos estaban a las órdenes del general Santovito, jefe del Sismi (servicios secretos)”. Corroborando este dato, en el lugar donde murió Aldo Moro, se encontró una estampa del grupo de los servicios secretos italianos (RUS) que reclutaba a los “gladiadores”. En la agenda del ‘brigadista ‘ encausado, Valerio Morucci, apareció el nombre de varios altos cargos, entre ellos, Giovanni Romeo, jefe del área “D” de los servicios secretos. El jefe de la policía política italiano, Umberto D’Amato, reconoce haber creado un grupo maoísta italiano en 1972 infiltrando agentes en la extrema izquierda.

Según Vinciguerra, el nombre clave de esta conspiración es Licio Gelli, jefe de la logia masónica P2: “La P2 no era un centro de poder oculto, era el poder real. Estaba oculto al público pero no al Estado. Era una de esas estructuras paralelas, de la red Gladio, sin un rol militar pero sí de subversión”. Gelli, espía de los servicios secretos fascistas en la contienda mundial, hombre de la CIA en Europa y con conexiones en el Vaticano a través de la propia logia durante la guerra fría, estuvo involucrado en el asesinato de Juan Pablo I mediante el mafioso Michel Sindona y el escándalo Banca Ambrosiana- Banco Vaticano.

En 1980, una bomba estalla en la estación de tren de Bolonia, matando a 86 personas en atentado atribuido a célula anarquistas. Seis años después, un informe oficial de la investigación revelaba la existencia de un “gobierno invisible” en Italia, manejado por los servicios secretos del Estado y grupos políticos terroristas. Al mismo tiempo, abundaba en la existencia de organizaciones militares y civiles secretas bajo cuyo paraguas operaban grupos neofascistas contra civiles y partidos politicos.

En 1990, los socialdemócratas alemanes denunciaron la existencia de ejércitos secretos en aquel país ligados a los servicios secretos y a la Democracia Cristiana. La respuesta de la dirección de este partido, según el historiador Ganser, fue “si nos acusáis a nosotros, diremos que vosotros también, con Willy Brandt, habéis estado involucrados en esta conspiración”. Giulio Andreotti, jefe de los democristianos italianos, procesado en numerosas ocasiones por conspirador, acusó al socialdemócrata francés, François Miterrand, de mentir cuando dijo que desconocía la existencia de Gladio: “usted dice que los ejércitos secretos no existen, pero durante el encuentro secreto de 1990 en otoño, vosotros, los franceses, estabáis presentes: no digas que no existían”.

Para Vinciguerra: “el atentado de Bolonia, como todas las masacres, responde a la lógica de un Estado que, no sabiendo cómo responder a la victoria de un enemigo, recurre a la extrema violencia, atribuyéndola a extremistas para justificar sus propias acciones. Renunciar a su libertad a cambio de la seguridad; ésta es la lógica política detrás de todas las bombas. Estos actos permanecen sin castigo porque el Estado no se puede castigar a si mismo”.

El infiltrado de las Fuerzas de Investigación inglesas (FRU) en el IRA irlandés, Kevin Fulton, confesó recientemente al diario Sunday Telegraph haber fabricado explosivos para el IRA y trabajar, directamente bajo las órdenes del primer ministro: “Lo reitero, mis jefes sabían todo lo que hacía. Nunca me dijeron que dejara de hacer algo de lo acordado. ¿Cómo puedes simular ser un terrorista y no actuar como uno?” Fulton aprendió a fabricar coches bomba en Estados Unidos y confesó haber avisado de la matanza de Omagh (1998) sin que las autoridades hicieran nada por impedirlo.

Vincenzo Vinciguerra, desengañado pero no arrepentido “de sus ideales”, declaró: “Miles de personas han sido engañadas, matadas y encarceladas en aras del Estado”. Del otro lado, Alberto Franceschini, fundador de las Brigadas Rojas, realizó estas sinceras declaraciones a la BBC: “quiero saber por qué he pasado 17 años de mi vida en cárceles, quiero saber quien me ha utilizado; cuando creía que me movía en una dirección había alguien que me movía en otra”. D’Amato confesó en la misma serie de documentales de la BBC: “en italiano, los llamamos autómatas o marionetas, se utilizan para dar vida a algo que no la tiene y queríamos hacer vivir: éstos son los autómatas de la politica”.

Cuadro: Banderas Falsas

En la Antigüedad, el “arte de la guerra” incluía una práctica consistente en atacar a una tribu o nación enemiga bajo la bandera de un tercero al que deseaban enfrentar con el atacado. Desde entonces, esa táctica pasó a denominarse en las cloacas del Poder como “bandera falsa” y es la base de las operaciones de “Gladio”, nombre extraído de la palabra “Gladiador”.