El equinoccio sagrado

 

Para las antiguas culturas, los dos días del año en que el sol alcanza el equinoccio eran especialmente relevantes. No en vano, sus vidas estaban orientadas claramente por la luz que emana de nuestra estrella madre. Hoy día, conscientes de la importancia que para nuestras emociones tiene este momento, muchas culturas han recuperado esta tradición ancestral, celebrándolo por todo lo alto.

En la naturaleza, la vida comienza con la primavera. Nuestros cuerpos están conectados con esa vida a través de los frutos y las flores, que por estas fechas empiezan a germinar y a modificar nuestra producción de hormonas y neurotransmisores, inyectándonos ilusión y alegría. Aunque la cultura moderna nos haya privado de esa relación con la Madre Naturaleza, todavía en nuestro calendario se refleja ese ancestral vínculo.

Buena parte de los antiguos calendarios (y algunos de los modernos) comenzaban en el momento del comienzo de la primavera, marcada por el equinoccio del mismo nombre. Nuestro propio calendario alberga un recordatorio de esos tiempos, en los nombres de los meses de “septiembre” “octubre”, “noviembre” y “diciembre”; la etimología nos aclara que eran los meses “séptimo”, “octavo”, “noveno” y “décimo” del calendario pagano, que empezaba con el equinoccio de primavera. Es decir, el momento en el que la luz definitivamente se impone a la oscuridad marca la “resurrección” de la vida.

Por ello, no habrá de extrañarnos que esta fecha fuera celebrada por todo lo alto en casi todas las culturas, comenzando por la celta, la tradición pagana más cercana a la nuestra. Pero su influencia todavía se deja sentir incluso en la religión dominante.

La fiesta de la pascua actual está basada en la fiesta pagana de la primavera, de ahí que la “resurrección” del Cristo, coincida con la “resurrección” de la naturaleza, cuyo momento culminante es el comienzo de la primavera. Aunque parezca que las cosas han cambiado mucho, todavía hoy se tienen en cuenta los plenilunios, para fijar la fecha de la Pascua judía… y la Semana Santa cristiana. Los sacerdotes, como antaño, son grandes conocedores de astrología y se comenta que los mejores astrónomos están al servicio… del Vaticano.

Fue el Concilio de Nicea, del año 325, el que fijó que la Pascua debía celebrarse el primer domingo después de la primera Luna Llena del zodiaco, es decir, de la primavera. Según el calendario juliano, que se seguía entonces y todavía rige los países bajo la influencia de la iglesia “ortodoxa”, esa fecha se había desplazado y caía en el 25 de marzo. Para resolver esa confusión, la iglesia fijó la fecha del día 21 para el equinoccio, aunque la “precesión de los equinoccios” hace que no siempre “caiga” en esa fecha.

Antiguamente, el día del equinoccio tenían lugar festividades relacionadas con la fertilidad, en la que se invocaba la renovación de la vida que el universo contemplaba. Ligado a estas tradiciones paganas, el equinoccio de primavera supone el comienzo del año para el zodiaco, de ahí que el signo de Aries sea el primero de los doce.

Durante mucho tiempo se tuvo una imagen infantil de las tradiciones antiguas que, poco a poco, a medida que se ha conocido su saber, ha ido mudando. Diferentes investigadores, como el ingeniero angloegipcio Robert Bauval, quien fue el primero en advertir las correspondencias entre las pirámides de Gizeh con las estrellas del cinturón de Orión, en 1989, han ido profundizando en la correlación de la arquitectura pagana con los astros. A partir de ahí, numerosos investigadores han comprobado que la colocación de las piedras de numerosos monumentos, hasta ahora considerados como meros acontecimientos funerarios, tenían una función más importante…

Las portentosas piedras de Stonenhenge, en Inglaterra, reúnen cada año a centenares de personas que celebran los equinoccios y solsticios… como se hacía miles de años atrás. No en vano, el primer rayo de sol de la primavera penetra, exactamente, por entre las piedras celtas, como un complejísimo reloj solar…

Al otro lado del planeta, en Macchu Pichu, se repite el fenómeno, ligado a la importancia que se otorgaba a estos momentos. Descubierta por el arqueólogo Hiram Bingham, los muros de una mansión en el complejo inca tienen tres ventanas que miran hacia el sol naciente, al igual que la casa real de donde dice la tradición que vino el primer inca para fundar la dinastía. Los investigadores Dearborn y White descubrieron que el edificio conocido como “Intihuatana” tenía en su parte más alta un “gnomon”, es decir, un ingenio pensado para medir las horas solares. Ello pareció demostrar que esta construcción fue realizada para situar el punto más alto del sol en el cielo.

La fastuosa ciudad inca se eleva al cielo, culminando en el tradicional reloj de sol de los incas, que medía las estaciones. Estos relojes marcan con total exactitud los momentos en el que la Tierra está equidistante del sol (y también los solsticios). La dificultad del cálculo es mayor si tenemos en cuenta el fenómeno de la “precesión equinocial” que modifica cada año ligeramente este acontecimiento astronómico. Se ha comprobado que los antiguos astrónomos conocían este hecho.

En Méjico, las pirámides de sitios arqueológicos como Teotihuacán (como en Chichen Itzá, entre otras) reúnen cada año a millares de personas que celebran los equinoccios y los solsticios, con las mismas danzas que antaño. En concreto, se ha comprobado que la colocación de la majestuosa pirámide del sol, al margen de estar orientada para marcar esos importantes de nuestro sol, tiene relación con las pirámides de Gizeh. La posición de ambos arquitéctonicos, formados por varias pirámides, reproduce el llamado “cinturón” de Orión, aunque, cada uno de ellos, con una orientación diferente.

Antiguamente, entre los pueblos aztecas las ceremonias que celebraban el equinoccio comenzaban cinco días antes de que se produjera, esto era el calendario “Tonalpowalli”. Eran cinco días de ayuno e introspección (“Nemontemi”) que daban paso al “Yankuik Xiwitl”, la despedida del año. Después, seguían cinco días de fiesta, Festividad del “Xiwitiotianitztli” o “Chile”. Su nombre procede del uso que de este picante ingrediente se hacía: se consumía en grandes cantidades en ricos guisos, lo que unido al cante, la danza y la diversión, hacía que las gentes sudaran y se “purificaran”. Así, las desintoxicación, la socialización y el divertimento marcaban el comienzo del Año Calendárico. Más al sur, también los pueblos mayas celebraban el equinoccio.

El arqueoastrónomo, Víctor Segovia Pinto, señala que la importancia de los equinoccios para los mayas venía dada porque era la fecha de las “quemas” que prepararían la tierra para la época de lluvias. La importancia de los astrónomos-astrólogos estaba pues, relacionada con la economía. Por eso los grandes señores y reyes tenían la costumbre de invitar a sus allegados a contemplar la “llegada del sol”. Si ese día estaba nublado, lo interpretaban como un mal presagio, indicio de que habría hambre, como consecuencia de la sequía, la langosta, epidemias o alguna otra plaga.

En la ciudad de Dzibichaltún, poder ver al astro rey posarse en la puerta principal del Templo de las Siete Muñecas, “daba una sensación de alivio a la clase dominante, la élite que concurría al lugar”, según Willys Andrews, arqueólogo de la Universidad de Tulane.

Cuadro 1: ¿Qué es el equinoccio?

Etimológicamente, la palabra equinoccio deriva del prefijo “equi”, que significa “igual” y “nocio”, noche. Es el día en que los días son igual que las noches, un momento de equilibrio, que se rompe, para que se impongan o los días o las noches. Desde el punto de vista astronómico, el equinoccio es el momento en el que la órbita elíptica que describe nuestro planeta alrededor del sol, lo deja a la menor distancia, lo que hace que los días sean iguales a las noches.

El momento en que vemos al sol en la cúspide de la cúpula celeste desde la Tierra es lo que conocemos como “Cénit”. Es el momento en que su energía desciende sobre la Tierra con toda su fuerza, o lo que llamamos “medio día”.

El Equinoccio es el momento anual del “Cénit”, cuando el sol se posa sobre el ecuador verticalmente, creándose el efecto de la ausencia de sombras en esa región. No ocurre así en el resto de puntos de la Tierra en las que se crean sombras dependiendo de la inclinación en esa gran circunferencia en la que vivimos. La sombra hacia el Norte o hacia el sur dependerá del equinoccio en el que estemos: el de primavera o el de otoño y el hemisferio, por tanto, en el que vivamos.

Los fenómenos arqueoastronómicos sólo pueden verse en los edificios que tienen una desviación de 17 grados hacia el norte astronómico.

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